El dia 29 salimos de Yansuo por la mañana y nos dirigimos en bus de vuelta a Guilin, la gran ciudad desde donde es mas facil moverse. Llegamos con tiempo de aprovisionarnos para el tren, comer algo frente a un supermercado y admirar el espectaculo que es una estacion de tren de una gran ciudad el este pais. Una afluencia de gente impensable.

El viaje en tren fue un infierno bastante ameno. Un chino me regalo un bote de salsa tradicional e intercambiamos emails, y me explico mas o menos que aun podia ser peor, habia billetes sin asiento asignado. Como el suyo. Si habia sitio se sentaban y si no… pues no.

En algun momento subieron dos chicas estadounidenses o inglesas que decidieron tumbarse en el suelo bajo unos asientos, para revuelo del personal que no se atrevio decir nada pero llevaron el grito al cielo en chino por que aquello era de lo mas irregular. Richi les dejo una toalla para que se taparan, tampoco me parecio tan extravagante usar el espacio disponible. Sobre todo en un pais donde suele faltar. Los chinos, no obstante siguen una serie de normas de urbanidad y aquello era incorrecto. Donde fueres…

Por la mañana, en algun momento, el personal del tren comenzo a repartir banderolas y papeles con  himnos. Sorpresa, era el dia de la revolucion y el efecto, revocionaron el tren. Fiesta, banderas y canciones, todos sonriendo y armando ruido jaleados por los trabajadores de ferrocarril. Propaganda o no, los chinos estan orgullosos de china y su revolucion y nos tenian a nosotros para animarnos, sonreir y que lo disfrutaramos con ellos. Como el dia de Andalucia cuando tienes seis años en el cole pero con adultos viviendolo de verdad. Sigo pensando que lo que vivimos fue… pura china. Son las cosas que no se experimentan sin ser los unicos extranjeros en el momento y el sitio correcto. Las americanas se habian bajado hacia rato y con ellas desaparecio la toalla de Richi. Otra baja colateral a sumar a mis gafas que quedaron en el baño del hostel el Yansuo.

El dia treinta llegamos a Hangzhou sobre el mediodia. Nos asentamos en el Flower Hostel y nos movimos poco, como en el tren. Conseguimos demostrar que los pies no solo se hinchan a ancianas. Dieciseis horas en un taburete tienen ese efecto tambien en treintañeros.