Hemos pasado unas 13h en el vuelo, Cris en el asiento de ventana que me tocaba a mi pero me robo vilmente y yo en el de enmedio. De todas formas, creo que no había forma de ganar. En la ventana para ir al baño hay que liarla parda, en medio menos, pero se esta mas apretado. En pasillo hay que levantarse cada vez que alguien necesita ir al WC. Así que no me quejare de mi suerte.

Me quejare de la poca frecuencia con la que los asistentes de vuelo ofrecieron agua, pegándose en cada una de las veces que lo hicieron, carreras por el pasillo con la cabeza agachada para que no les diéramos la murga. Supongo, la otra posibilidad es que estuvieran muy ocupados con otros menesteres. Ni la frecuencia de los otros menesteres ni la del agua, justifican que no viéramos a esa panda.

Al final me levante y ataque un par de vasos en la trasera del avión, donde tienen su madriguera. Eso y un pis, para no molestar mas al pobre del asiento del pasillo me permitieron dormir un rato entre películas -y durante-. Cada vez me doy cuenta y de forma mas obvia en los aviones de que las mantas de palos no son capaces de mantener mi atención. Durante un tiempo culpe al móvil y el cambio del patrón de atención que le achacan. Nop, en este caso son las películas que van cambiando minutos de historia por palos y tiros. Así que me dormí las Infinity Wars de los vengadores y vi una comedia italiana con subtítulos que se llama «Matrimonio y Otros Desastres». Sorpresa.

Así, entre agua escasa y comida razonablemente abundante se me fueron hinchando los pies y secando la boca hasta que aterrizamos en Santiago de Chile. Mención especial para los Andes, cuya visión desde el avión vale la pena.

La llegada fue sin incidencias, cogimos un bus después de preguntar en turismo y comprar los billetes con tarjeta, para evitar cambiar en el aeropuerto y vinimos directos al sitio donde nos quedamos. Un bloque de edificios cerca de la casa de la moneda, en la misma calle, de hecho.

La primera impresión es la de una ciudad a medio levantar hasta que se llega a la zona centro, incluso así, la avenida que la llaman tiene ese aire de manzanas vacías y edificios de una planta o dos decrépitos y suciedad enmedio. Poco a poco, no obstante, eso se cambia por una ciudad algo mas limpia y completa, esa es nuestra zona. Aun no completa, con algún hueco y alguna torre masiva pero donde se comienzan a ver algunos edificios de pisos mas bajos que sugieren que había vida antes de llegar a esta versión de los a;os 70 en la que están inmersos.

22h

La ciudad ha crecido durante la tarde ante nuestros ojos. Según nos acercamos al norte y al este, hacia el rió y hacia el cerro de San Cristobal que es el mayor de los promontorios de la ciudad. Todo se ha ido europeizando por decirlo de alguna forma. La ciudad esta mas completa, mas terminada y es rica y diversa. Cafeterías, cines, teatros y tiendas llenan las calles como podrían hacerlo en España, falta el punto del extremo, el mismo que le daba a las las carreteras inglesas el bordillo, pero poco mas.

Lo primero que hicimos, después de llegar al apartamento que teniamos reservado y escapar a sacar dinero de un cajero para pagarlo antes de que nuestro host llegase, fue subir a la oficina de turismo de la ciudad. La primera toma de contacto mejoro ya nuestra percepción de la ciudad, pasamos por delante del Palacio de la Moneda y llegamos a la plaza de armas. Allí en unas catacumbas que sirvieron hasta principios de siglo como prisión, según ponía en la puerta, nos atendió una chica increíblemente agradable y amigable. Nos explico lo que había a norte y a sur y sanciono nuestra idea de centrarnos mas en un solo área del país. Parece ser que Chile es precioso y los chilenos son gente orgullosa de ello. No desmerece ver Atacama y la Patagonia, pero se les enciende la sonrisa cuando hablas de dejar una de las zonas y pasar un par de semanas recorriendo el sur en coche u conociendo algo diferente. Suponemos que debe ser como cuando en casa alguien te habla de ver Sevilla, Madrid, Barcelona y santiago cogiendo aviones internos en 15 días, genial, pero no acaba de mostrar lo que un paseo en coche a otro ritmo desvela de un país.

Volvimos al departamento y nuestra visión había comenzado a cambiar, de una capital a medio desarrollar, con grandes huecos y zonas deshabitadas pasaba a una ciudad pequeña, con edificios no demasiado altos y calles no demasiado anchas. Me recordó algunas partes de Vilnius, a su centro comercial. También me hizo pensar en el diseño español de las poblaciones en américa, con una plaza de armas central alrededor de la que se trazaba un enrejado de calles (Bernal del Castillo dixit). A la vuelta tuvimos nuestra primera experiencia con la comida chilena, una empanada de carne y otra de champiñones por 1000 copecs cada una, 1,27 euros, tamaño xxl.

Después de comer y sin saber muy bien en que hora andábamos, serian las dos y media aquí y las siete o las ocho en España, fuimos a la oficina de turismo del Sernat (servicio nacional de turismo) y allí otra vez sancionaron nuestra idea de bajar en coche desde Santiago hasta Puerto Montt y después volar a Puerto Natal. Una señora increíblemente agradable e increíblemente mayor nos dio algunas indicaciones y recomendó algunos sitios. Aparte de la impresión de oficina de turismo europea que tenían las instalaciones, lo mas llamativo fue toda la ciudad que atravesamos.

En dirección este desde la calle Moneda donde nos quedamos, hasta la Plaza de Armas y después norte hasta el río. Rodeando el Mercado Central y girando al este para entrar en el Parque Forestal y llegar al barrio de La Providencia. El barrio que por fin cambio nuestra percepción de la capital, creo que relajamos tanto que nos permitimos un par de cucuruchos de helado en el camino.

La vuelta desde la oficina de turismo fue similar, atravesamos Lastarria y Bellas Artes, barrios vivos, vibrantes y llenos de gente con un ambiente relajado y feliz. Ahora podemos empezar a decir que nos gusta Chile y comenzamos a disfrutar del país con una visión diferente.

Machacados, después de una parada en un super, bajamos a casa y nos preparamos para descansar un poco antes de bajar al restaurante que nos recomendó nuestro host, el Ají y Limón, un peruano que queda a dos manzanas de casa. No lo logramos, el jet lag es poco, pero la diferencia horaria hacia que para nosotros fueran la 1am a las 20h chilenas. Después de maldormir en el avión y en el colchón hinchable de la casa de Rocío, dimos para lo que dimos y cuando nos sentamos a descansar para esperar un rato a la hora de la cena, no volvimos a remontar el vuelo.

Extras

Estrenando el palo selfie que compramos en Roma