El GPS es una pequeña bendición para salir a la montaña, hace que salirse de la ruta sea casi imposible. Si que es cierto que alguna vez resta la anécdota puntual de surge de perderse, de desorientarse y tener que volver a encontrar el camino marcado campo a través. Al final del día, son estas anécdotas las que nos quedan en el recuerdo, las que comentamos el tercer tiempo y alrededor de una caña cuando nos reunimos con los amigos. Es el peaje que pagamos a cambio de disponer de un numero infinito de rutas fácilmente accesibles.

Existe un antídoto para esto y  seria el equipo que hacemos Rubén y yo. Mi impermeabilidad a la orientación tradicional y la suya a la navegación por satélite unidas a un par de navegadores de gama baja son la solución a cualquier ruta anodina con falta de historias para contar. No solo nos conseguimos perder en una pista de cemento de tres metros de ancho, volvimos a despistarnos en un collado plano donde solo había vacas y (ojo) no encontramos un camino que cresteaba hasta la cumbre del Cuyargayos. Una cresta es una cresta, y no da para ir para muchos sitios… parece ser que no, que es posible perderla y avanzar a media altura, trepar para corregir, seguir avanzando a media altura por la otra ladera de la montaña y tener que trepar de nuevo entre zarzas para volver a corregir. A cambio, recibimos unas vistas espectaculares de un valle desde uno de los lados y atravesamos un hayedo con los colores del otoño por el otro. Quid pro quo, a pesar de que cuatro días despues me sigo sacando espinas de los dedos. Si no fuera por eso… no se que contaría.

Circular al Cuyargayos saliendo de Ladines y Cresteando hasta la cima. Una ruta con momentos complicados que puede entrar entre las mas divertidas que hicimos.